De repente, Darío Silva
02 de Enero de 2011
Por: Daniel Torres
Darío Silva se me ha venido a la cabeza, sin motivo alguno. Nada ni nadie ha sido un estímulo para recordármelo. Simplemente, se me ha venido.
Qué monstruo era Darío Silva. Genio y figura hasta la sepultura, como futbolista, y como persona. Vaya personaje que estaba hecho Darío Silva.
Era el típico del que se suele afirmar que o lo amas, o lo odias. Era un Oscar Wilde de la vida, pero futbolista, uruguayo, y del siglo XXI. Decía el escritor una frase altamente aplicable a Darío:
"Solo hay una cosa peor a que hablen mal de ti: que no hablen"
Darío llegó a España y, tras un paso fugaz por el Espanyol, saltó al estrellato en el Málaga, donde ya fue dejando, en amigos y rivales, en jugadores y aficionados, su clásica impronta: todo el mundo lo odiaba... pero todo el mundo quería tenerlo en su equipo. Darío silva, el excéntrico. Caballo Loco.
Como jugador del Málaga, era antisevillista. Fue repudiado públicamente en Nervión, quizá por ser, sobre todo, temido y admirado. Varias veces tentado por el Betis, por aquel entonces (cómo pasa el tiempo...) equipo más potente que el Sevilla, aunque finalmente se derrumbara como un imperio con pies de barro.
Pero, hay que ver lo que son las cosas, fue el Sevilla, en una operación sorprendente, quien fichó a Darío Silva, aunque del fichaje de Darío hablaré más adelante.
Como Darío Silva era así y no era de otra forma, como siempre hacía lo que menos se esperaba, en el Sevilla, deportivamente, no hizo nada. Dos años después, y habiendo metido muy pocos goles, se marchó por la puerta de atrás.
Y es que con Darío Silva era imposible acertar. Su antiguo entrenador en el Málaga, Joaquín Peiró, decía que sabía que Darío salía muchas noches, y que llegaba a los entrenamientos un poco perjudicado. Pero también decía que le daba igual, siempre que el Domingo Darío fuera Darío, Darío el Terrible.
Jugando en el Málaga, fue sancionado porque un día, no recuerdo ni por qué, metió un gol y lo celebró enseñando una propaganda del Partido Andalucista.
Darío Silva, a veces, entrenaba con una peluca de rizos rubios, estrafalaria por sí misma, mucho más aún por lo moreno de su portador. Pobre de aquel que le dijera que se quitara la peluca. Tras el revuelo, la peluca tardaba mucho tiempo en volver a aparecer. Si se le preguntaba, Darío decía que no había ningún motivo para ponerse la peluca: le apetecía y ya está.
Darío Silva no necesitaba un motivo para hacer las cosas.
Pocos anuncios de fútbol recuerdo que no estén centrados en Real Madrid y Barcelona, y uno de ellos era uno, de Canal +, en el que, para anunciar sus promociones de fútbol, utilizaron un gol que el Málaga le metía al por aquel entonces Súperdepor, y Michael Robinson decía emocionado: "¡Es dinamita este chico!". Aquel chico era Darío Silva. Aquel gol fue suyo.
Darío Silva coleccionaba caballos de carreras, puras razas, y los tenía en un rancho de Uruguay, estampa más de jockey inglés en la India, de principios del siglo XX, que de futbolista uruguayo en España, del siglo XXI.
También coleccionaba coches de carreras, pero nunca (a la postre se vio que era "casi" nunca) los conducía él mismo: tenía un chófer viviendo en casa, a tiempo completo, con la orden de que nunca, bajo ningún concepto, le permitiera conducir. Darío decía que le era imposible conducir a menos de 200 por hora, y que sospechaba que un día iba a matarse.
No estuvo muy lejos de cumplirse su predicción: en un accidente de tráfico en Uruguay, salvó milagrosamente la vida, pero no pudo salvar su pierna, que fue amputada.
Como futbolista uruguayo importante que había sido, se le ofrecieron cargos de todo tipo: entrenador, ojeador, secretario técnico... pero Darío, genio y figura otra vez, decía que era futbolista, y que quería despedirse jugando al fútbol una última vez. A él era al único a quien, con una sola pierna, no le pareció aquello una locura.
Y el Caballo Loco volvió a conseguirlo, y después de gastarse el dinero que hiciera falta, de hacer toda la rehabilitación posible, y probar todas las prótesis habidas y por haber, Darío Silva, una sola pierna, jugó un último partido de fútbol y, además, marcó dos goles.
Qué tío.
Lo último que supe de él es que quería aprovechar la fuerza de sus brazos para seguir siendo deportista, y que su objetivo era competir en las Olimpiadas de Londres con la selección uruguaya... ¡de remo! Que nadie se extrañe.
Como Darío Silva era tan imprevisible, la afición que más lo disfrutó, la que vio al verdadero Darío, la malaguista, no lo quiere. No se le perdona que dejara el Málaga para ir, precisamente, al Sevilla.
Y en el Sevilla, donde no hizo casi nada, lo queremos mucho. Grandes pancartas de apoyo con motivo de su accidente, posteriores homenajes varios a los que Darío ha acudido gustosamente, e incluso una invitación a participar en la regata Sevilla - Betis en la embarcación blanquirroja, aprovechando su nueva afición por el remo.
Pero sobre todo, Darío Silva, más allá de su pobre rendimiento deportivo, tiene una importancia psicológica y simbólica para los Sevillistas.
El Sevilla llevaba ya muchos años de penurias económicas. Unos años antes (años 96-2000) esas deudas llevaron a que viéramos al peor Sevilla de la historia. Un poco después, lo deportivo se enderezó gracias al trabajo de gente como Monchi, Joaquín Caparrós, Roberto Alés, y aquellos famosos fichajes a coste cero que asombraron a España. Pero económicamente, la cosa seguía estando muy mal.
Sin que apenas nos diéramos cuenta del resultado del trabajo de los primeros meses de Del Nido como Presidente, la cantante Pastora Soler cantó una canción para nuestra campaña de abonados, con frases que para los Sevillistas ya eran ciencia ficción: "Nos veremos en La Liga, lucharemos por la Copa, soñaremos con Europa...saldremos a ganar, ABÓNATE A SOÑAR".
¿A soñar con qué, joder? Todo sonaba a cuento chino.
Después el Sevilla sorprendió, no solo fichando a Darío, sino sobre todo, pagándolo, y pagándolo bien, y adornó su llegada con el slogan "El salto de calidad".
La ilusión muerta de una afición adormilada se disparó y Darío Silva, en toda su salsa, fue recibido por cientos de personas en el Hotel Hesperia. El público pudo pasar a la rueda de prensa y el uruguayo, al ser preguntado por sus continuos tonteos con el Betis, no dejó pasar la oportunidad: "¿El Betis? No, prefiero al Sevilla, el mejor equipo de la ciudad". La ovación fue atronadora, hacía una década que los Sevillistas no recibíamos tal dosis de autoestima.
Tras eso, se gastó aún más dinero, el número de socios se disparó, y cambió el semblante público del Sevilla. Ya no éramos el Sevilla de las deudas, de los milagros, del coste cero, del agachar la cabeza. Empezaba el Sevilla poderoso, ambicioso, soberbio, seguro de sí mismo, favorito, temido, respetado, ganador.
Nos clasificamos, una década después, para competición europea, y empezó el Sevilla Grande, el más grande de la historia, y en esas mismas estamos, muchos partidos europeos después, muchos títulos después, habiendo sido nombrados incluso Mejor Equipo del Mundo, oficialmente, dos veces consecutivas.
Presidente aparte, alguien (independientemente de su rendimiento) nos hizo "click", y nos cambió el chip. Y había que ser genio y figura para despertar a esa masa pesimista que iba a Nervión para presenciar, según nuestro propio cántico, "otro año igual".
Creo que por eso, los Sevillistas queremos tanto a Darío Silva.

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